Soy educadora familiar, psicoterapeuta humanista y sexóloga. Llevo más de veinte años acompañando a adolescentes y familias, y casi treinta años formándome para comprender cómo nos desarrollamos, cómo nos construimos en relación y qué necesitamos para poder seguir creciendo.
Mi formación de origen es la educación y hay una idea que sostiene mi manera de trabajar: educar es acompañar a desplegar el potencial de una persona.
Cuando llega un hijo, no solo nace y se desarrolla ese niño. También se transforma la mujer, la pareja y todo el sistema familiar. Y cuando nuestros hijos crecen, especialmente cuando llegan a la adolescencia, nos ponen delante nuestros propios miedos, expectativas, necesidades, patrones y puntos ciegos.
Por eso mi mirada no se queda únicamente en el niño o el adolescente que expresa una dificultad. Necesito mirar qué está pasando alrededor, cómo nos estamos relacionando, qué momento vital atraviesa cada miembro de la familia y qué puede estar facilitando o dificultando el desarrollo de cada uno.
En este camino, la
Biografía Humana y el Eneagrama son dos de las herramientas en las que más sentido he encontrado para comprender cómo se va construyendo nuestro personaje. Nuestra historia, lo que fue nombrado, aquello que quedó más oculto, las partes de nosotros que fuimos desarrollando y la estructura desde la que aprendimos a movernos por el mundo y a relacionarnos con los demás.
Mirar todo esto nos ayuda a comprender cuánto de nuestra propia historia sigue apareciendo en la relación con nuestros hijos. Porque muchas veces reaccionamos desde nuestros miedos, nuestras necesidades, nuestros automatismos o desde partes de nosotros que todavía necesitan madurar.
Por eso el
autoconocimiento de las madres y los padres es para mí una parte fundamental del acompañamiento. Nuestros hijos necesitan adultos capaces de mirarse, asumir su parte, reconocer qué están proyectando y hacer un trabajo con aquello que la relación con sus hijos les va poniendo delante.
Mi aportación a
El Valor de la Maternidad parte de ahí: reivindicar el valor del vínculo, del cuidado y de la presencia adulta en el desarrollo de nuestros hijos, y acompañar especialmente a las madres para que puedan comprenderse, recolocarse y seguir creciendo mientras acompañan el crecimiento de sus hijos.
Porque cuidar el desarrollo de un niño o de un adolescente también requiere
cuidar y acompañar a quien lo sostiene.Y porque cuando una madre puede mirarse y transformar su manera de relacionarse, algo cambia también en toda la familia.
Miren Cia.